Cassiopeia Fiva: las tablets, desde el punto de vista de Casio

Antes de que se popularizara el iPad y todo ese ejército de tablets existentes hoy, Casio ya había entrada en ese campo y había ofrecido un producto mucho más completo que estas. Corría, ni más ni menos, el año 1999, y Casio lanzaba su Cassiopeia de la familia Fiva, la MPC-501. Este ordenador portátil era muy superior a los Cassiopeia conocidos hasta el momento, por muchas razones, entre ellas su gran capacidad de conectividad, con puertos para todo tipo de elementos (USB, tarjetas de memoria, infrarrojos…, e incluso un puerto replicador), por su enorme capacidad de operatividad (teclas físicas, stylus…), sino que, además, en hardware era una pasada, con una pantalla TFT que, en aquellos años, estaba lejos de ser algo habitual. Y si todo ello era poco, incorporaba dentro nada más, y nada menos, que un Windows «de verdad», el último Windows en aparecer un año antes, el 98.

La CPU de esta «frikada» era una Cyrix MediaGX con tecnología MMX. Tenía hasta 96 MB de RAM (un ordenador medio de aquellos años solía tener 32, y lo máximo que se podía encontrar en el mercado de gama alta eran 128 MB), con memoria dedicada a vídeo de 2,5 MB, y una ROM para la BIOS de 256 KB. O dicho de otra forma: estábamos hablando de un «aparatejo» de cuidado. No solo eso, su sistema de sonido de tipo PCM era compatible con las Sound Blaster 16, y por supuesto, incorporaba micrófono y altavoz. Por tener, disponía de un módem interno a 54kbps, que se podía conectar con un cable – incluía puerto para ello – a una toma de teléfono, y así utilizar Internet. No se quedaba ahí la cosa, porque ofrecía un puerto serie si querías imprimir con ella (¡estamos hablando de una tablet!, esto es imposible de encontrar hoy), y hasta un fax a 14,4 kbps.

Empieza el curso escolar y llegan las científicas de Casio (en 1984)

Ayer, ojeando una revista antigua, de octubre de 1984 en concreto, y al lado de una interesante prueba de un precioso Opel Kadett GSi (de los GSi «de los de antes», de aquella época en que los coches eran agresivos de verdad, no como ahora que GSi y GTi no es más que un nivel de acabado, y puedes elegirlo con el motor que quieras, incluso diésel si te parece) venía un anuncio de las nuevas calculadoras de Casio para el curso 84/85. Sí, ha llovido. Por aquellos años el curso – como ahora en España – comenzaba a mediados de septiembre, pero los niveles superiores de instituto (BUP y carreras profesionales como F. P.) no lo hacían hasta octubre, de ahí que Casio decidiera incluir anuncios en las revistas de la época en el mes de octubre. Porque, como veis, hacen mención a sus calculadoras científicas (las «normales» casi estaban prohibidas aún en los niveles anteriores de estudio).

Que un alumno de aquellos institutos tuviera una de estas calculadoras no era algo baladí. De hecho, los centros educativos de ese tipo sufrían una escasez de material enorme, que arrastraban desde años atrás. Tanto es así que algunos centros se veían obligados a retrasar su inicio de clases y otros, incluso, a no poder abrir por falta no solo de material, sino de profesores. Otra curiosidad es que algunos centros de enseñanzas medias no empezaron a ser mixtos hasta los años ochenta, a pesar de que la Ley General de Educación Básica (E.G.B.) ya llevaba casi un lustro en marcha.

La importante relación entre los relojes y los trenes

Los relojes siempre han mantenido una estrecha relación con los trenes, de hecho, existen los llamados «relojes de ferroviario», muy apreciados por los coleccionistas que, al igual que los relojes marinos, debían gozar de una gran calidad y refinada exactitud para cumplir su labor que, como supondréis, era muy importante para la seguridad del tráfico ferroviario.

Pero hoy no os vamos a hablar de ese tipo de relojes, sino de relojes más «cotidianos», más cercanos a nuestro día a día, por llamarlo de alguna manera. Y es que la historia del ferrocarril no sería la misma sin la imprescindible presencia de los relojes, tanto en las estaciones, como en la muñeca de los viajeros y maquinistas.

Galería de los recuerdos

Ya sé, sé que la Galería Semanal es actual, y -más o menos- intentamos ofrecerla cada semana, pero durante estos días de desconexión obligada en donde he aprovechado el tiempo para pensar en otras cosas, a veces me suele ocurrir que, desenchufado del mundo, yo solo con mis fantasmas y mis recuerdos, me pongo a repasar las imágenes, fotos y momentos con mis viejos relojes.

Me he dado cuenta que, en una gran mayoría de ocasiones, el W-202 ocupa un papel destacado o predominante en esas viejas fotos. No en vano son muchos años ya con él, es uno de mis relojes más queridos -un old school de los pocos asequibles que lo tiene todo-, y que me ha acompañado -aún lo hace- durante largas jornadas en todo tipo de ambientes, algunos malos, otros peores, otros más tristes… Otros más dolorosos.

Un día en blanco y negro. Un día en los años 70

No había barrio de ciudad, o calle de pueblo lejano, que no tuviese en sus alrededores alguna relojería. En muchas partes había varias. Pero la mayoría de ellas estaban centradas aún en los relojes mecánicos, aquellas rarezas que procedían de oriente con «pantallas» y «dígitos» eran tan extrañas que se dudaba todavía dónde venderlos. La mayoría de relojeros ni siquiera sabían cómo funcionaban y, ante la duda, lo mejor era ignorarlos. El miedo causa confusión.

Si alguien quería conseguir una de aquellas «maravillas tecnológicas» que, decían, tenía un ordenador en su interior (¿qué era eso de «un ordenador»?), salvo en las grandes ciudades, no le quedaba otra opción que pedirlo por catálogo.

La magia del tiempo

El tiempo, ese bien tan preciado, cantado por filósofos y poetas. El tiempo es muy valioso, en eso todos estamos de acuerdo, y por lo tanto, ¿por qué no mostrar esa enorme valía, indicándolo en un hermoso reloj?

No nos estamos refiriendo a esos elitistas «muestratiempos» suizos, sabéis que aquí no vamos de ese palo. Casio tiene muchos de estos «clásicos» en su catálogo, relojes que parecen obras de arte, como llevar una pieza digna de exponer en un museo, o una interpretación de una catedral gótica, o de un palacio del Renacimiento.

Los módulos más completos e impresionantes de Casio

Si algo de siempre, de toda la vida, nos ha impactado en Casio, son sus brillantes y completísimos módulos. Desde aquellos primeros relojes con calculadora que nos asombraban, pasando por los modelos con control remoto para las televisiones por infrarrojos, hasta los relojes con sensores de Pro Trek en los noventa, y de G-Shock en la década del dos mil, los guardatiempos de Casio han sido, y son, un alarde tecnológico que nos asombra y fascina. No en vano ellos tenían como lema aquel famoso «Where miracles never cease» («Donde los milagros nunca cesan»).

Quizá nosotros, conocedores ya de tanta tecnología y hartos de pantallas a no se cuantos «ks» y «UHDs» y demás, hayamos perdido buena parte de la capacidad de sorprendernos que teníamos antes, o si se quiere ver así, de la capacidad de «gozar» de estas cosas. Aunque cuanto más años tengamos, seguro que mejor recordaremos aquellas sensaciones. La llegada de los primeros teléfonos móviles, los primeros mensajes gráficos (que casi eran mensajes SMS en ASCII, los llamados «logotipos de operador», por ejemplo), los primeros reproductores MP3 – que en realidad era un formato, y acabó por convertirse en el nombre de unos dispositivos (los «reproductores de archivos de audio digitales», que era muy largo y alguien decidió pues llamarlo «mp3» a todo, aunque en realidad era el formato y nombre de la extensión del archivo) -, y ya ni hablemos de cuando, si querías escuchar música por la calle, tenías que cargar un enorme y llamativo reproductor de casettes… Hasta que llegó el Walkman y sus clónicos.

Cuando en Casio publicitaban sus relojes por los dígitos que llevaban (sí, como en las calculadoras)

En el mundo de las calculadoras era práctica habitual, y lo sigue siendo, especificar el número de dígitos que soporta su display. Es por una razón bien sencilla y muy útil, ya que sabiendo ese dato, podemos saber la cantidad de números que puede mostrar y, algo también importante, la cantidad de decimales o el límite (en extensión) del número que podemos introducir. Las calculadoras «normales» – no las científicas – de Casio pueden soportar desde 8 dígitos (HS-4), 10 (MS-100), 12 (JS-120), o incluso 14 (JS-40B). Las de oficina llegan hasta los 16 (DH-16 o MH-16, por ejemplo), mientras que si pasamos ya a las fx, es decir, a las científicas, los carácteres soportados se van hasta los 16 (fx-95) o 17 (fx-82). Las MS-Series llegan hasta los 12, mientras que los modelos programables y más avanzados dependerá de la cuadrícula de su matriz de display.

Con estos datos, vemos cuán importante es el número de dígitos que se pueden visualizar en un display. Hubo un tiempo en que esto también era muy importante en un reloj, y no para realizar operaciones, sino porque nos permitía conocer la cantidad de información que podía mostrar de un vistazo, es decir, en todo el espacio de su pantalla.

Los noventa

Hablamos mucho de los ochenta, y no sin razón (en esa década vimos el surgir de los Marlin, o de los mismos G-Shock), pero para muchos la mejor época fue la de los noventa. En ella Internet comenzó a popularizarse (a qué precios, pero bueno), y pudimos ver los excesos más extravagantes de Casio. A ella debemos modelos en Collection como el W-731 (1999) y todo su ejército de impresionantes «digi-graph», en Forester los «Fish in Time» FT-200 (1998), FT-1000 (1999), en HD con los DW-290 (1994), o los preciosos DW-285 (1998) o DW-340 (1992); en Pro Trek los PRT-40 (1998), o en G-Shock los DW-5900, o los DW-6500 (1994), sin olvidar los DW-6800 (1995).

Eran tiempos convulsos para Casio, la relojería mecánica convencional empezaba a coger fuerza de nuevo, y los modelos de «usar y tirar» de Swatch o de Lotus arrasaban. Casio respondió con algunos de los mejores relojes de la época, los completísimos diseños futuristas de Pro Trek, los avanzados y resistentes Frogman, los fiables y duraderos HD…

Miedo a regalar relojes

Solo una persona me ha regalado un reloj. Bueno, de pequeño mis padres, por supuesto, y también es cierto que he tenido muchos relojes de distintas instituciones, marcas y negocios, pero podría decirse que regalar un reloj «por cariño», solo una en realidad lo ha hecho. Y es curioso, porque fue un mecánico.

Mi hermana me lo explicó cuando estaba a punto de regalarme un reloj por uno de mis cumpleaños, y quizá esa sea la razón. Me dijo: «es que es muy difícil regalarte un reloj«. Así que el único reloj que tengo de ella – que aún conservo, y con pila por cierto – es su propio reloj – que dicho sea de paso, había sido, éste sí, un regalo mío -.

La relojería de Adela

Seguro que muchos de vosotros tenéis en mente aquellas relojerías de barrio, esos sitios en los cuales veíamos las últimas novedades, las más bellas realizaciones relojeras (y también de electrónica, en muchas de ellas), y cuyos escaparates eran como las luces de una feria.

Si nuestras madres, amigas y hermanas, bebían los vientos por las boutiques de ropa, y nuestros padres, abuelos, tíos…, por las ferreterías y los concesionarios de coches y motos, nuestro sitio preferido de la ciudad o del pueblo eran, sin duda, las tiendas de relojes y de electrónica.

Cuando regalaban un Casio «con las magdalenas»

Hace bastantes años, los relojes y calculadoras eran un atractivo reclamo para los niños -y no tan niños también- que les incentivaban a comprar todo tipo de productos. No hace mucho había un debate en Bitácora Guti sobre los artículos que regalaban antiguamente adquiriendo determinados productos -o bien mediante sorteo-, y en concreto algunos de ellos eran artículos de Casio.

He estado buscando algunas imágenes sobre ese tipo de promociones antiguas que fui almacenando, pero no las he encontrado -seguramente aparecerán en el momento en que menos las necesite, claro-, pero para el caso también nos sirven estos ejemplos que os mostramos aquí.