¿Y dónde nos hemos quedado nosotros?

Las ventas de smartwatches y smartbands continúan a un ritmo de crecimiento imparable. Según las últimas estadísticas publicadas por las autoridades relojeras helvéticas, son de los pocos segmentos en relojería que no solo mantienen el tipo, sino que incrementan ventas.

En cierta forma es lógico. Con un smartwatch «bueno», bueno de verdad, llevas casi de todo en tu muñeca. Puedes saber la temperatura que hace antes de salir de casa, la previsión del tiempo, las notificaciones de tu trabajo o amigos, las últimas llamadas que recibiste… E incluso grabar notas de voz y hasta navegar inalámbricamente por tus listas de canciones. Puedes poner fotos de quien desees, y disfrutarlas a todo color y verlas dónde y cuando quieras, algo que antes solo podías hacer…, pues llevando esa foto en papel en tu bolsillo.


Ahora prima más la estética que la utilidad. Ver un invertido antes era la excepción, hoy están por todas partes.

Eso sin contar que siempre estarás al tanto de la actualidad con los titulares de las noticias más importantes del día, o de tus sitios de afición preferidos. A lo que hay que añadir que siempre disfrutarás de la hora más exacta que nadie ha podido tener jamás en un reloj, de que podrás seguir rutas y navegar por las calles con él, y nunca volverás a perderte, por muy grande que sea la ciudad donde te encuentres. Con un smartwatch de última generación podrás incluso saber dónde se encuentra la parada de taxis más próxima, o la estación de tren o autobús, e incluso, incluso, conocer sus horarios y rutas.

Estos ejemplos demuestran que un smartwatch te da de todo, absolutamente de todo. Y esto es solo el principio. Aquel reloj de KITT ya casi lo tenemos con nosotros…, y puede que mejorado.


Los digitales han quedado como objeto de moda «retro» para lucir. «Cuatro dígitos» y un módulo con lo básico, como si en su día no hubiera habido nada más.

Sin embargo, por las razones que sean – algunas de ellas de bastante peso, por cierto -, hay gente que no quiere tener un dispositivo de esos en su muñeca, que ni siquiera le llama reloj, aunque todo apunte a que, inevitablemente, ellos serán los protagonistas de la última revolución relojeril. Esas otras personas suelen preferir usar un dispositivo que ellos puedan ver cómo funciona al detalle, y eso es algo que, hoy día, pocos instrumentos te dan, salvo un reloj mecánico. Esas personas quieren saber cómo mantener su reloj, cuidarlo y mimarlo, aunque tengan que pagar el precio de su falta de precisión o la molestia de tener que ponerlo en hora cada pocos días, o ajustar su calendario cada pocos meses. Eso por no mencionar que, en muchos casos, deberán darle cuerda, aunque disponga de rotor.

Esas personas valoran otras cosas, y hay bastantes aún, a tenor por la popularidad – decreciente, no obstante – que aún poseen los relojes mecánicos.


En su día era lo máximo en miniaturización y en información portátil, pero solo necesitabas tener el reloj y nada más. Hoy los smartwatches te ofrecen muchas más cosas, pero a cambio tendrás que estar atado a otros sistemas de por vida: electricidad, conexiones, satélites, almacenamiento en la nube, actualizaciones para su larga lista de errores y bugs..

Unos, pues, prefieren los displays multicolores de gran resolución, incluso con sus minúsculas proporciones. Otros, los frontales «físicos», con agujas «reales» y movimientos no simulados, sino realizados por un tren de engranajes que se puede ver, escuchar, e incluso sentir later. Pero, ¿y bien? ¿Dónde quedamos el resto? El resto, sí. Esos que no somos ni de los unos, ni de los otros. Los que preferimos la robustez y la solidez de aquellos programas y aplicaciones sin florituras, pero hechos a conciencia y grabados a código máquina, sin posibilidad – y más importante aún: sin necesidad – de actualizaciones, ni de cambios de firmwares ni de recargas de energías diarias. Unos dispositivos con un display de puro y duro LCDs, simples pero enormemente funcionales, robustos y duraderos, en donde no había riesgos de píxeles fundidos, ni de que se quemaran fácilmente por el sol.

Ya pocas marcas apuestan por esa tecnología, de hecho solo Casio tiene relojes de ese estilo más o menos actualizados. El resto los han abandonado casi completamente, a excepción de algún lanzamiento casual que hacen algunas marcas, solo por moda, para darle un guiño a los relojes que ellos llaman «vintage» pero que, para nosotros, siguen siendo tan actuales hoy como antes.


Ya no importa el reloj, lo que tenga, sus funciones y robustez, es lo de menos. Lo que importa son las apariencias.

Estamos siendo testigos de tiempos inciertos, pues. Tiempos en donde conviven y pugnan entre sí tecnologías de lo más dispar, algunas muy robustas pero, sin embargo e irónicamente, en claro retroceso como los mecánicos de remonte manual, o los digitales de LCD a segmentos. Lo mismo que esa sociedad de las dos velocidades, unos que tienen Internet hasta en la sopa, otros que tienen que buscarse la vida hasta en bibliotecas porque o bien a sus pueblos no llega la cobertura, o bien no pueden tener el lujo de instalarlo en sus casas. Hace poco, precisamente, fui a buscar un certificado de empadronamiento a mi ayuntamiento. Una jovencita policía me detuvo a la puerta diciéndome que, debido a la COVID-19, no se podía acceder. Le pregunté que entonces cómo iba a tener un certificado que desde otra administración me pedían, a lo que ella me respondió: «Por correo electrónico». «No tengo Internet» – le respondí -. «¿No tienes correo?». Vamos a ver, de qué me sirve tener e-mail sin Internet, ¿es que funciona solo? Me da que pensaba que todos eran funcionarios como ella, o tal vez vivía en un mundo paralelo.

La cuestión es que, quizá porque lo hemos vivido, podemos comparar aquel tipo de tecnología con esta, donde el reloj lo tenías siempre a mano, no necesitabas esperar a que se recargara, y el ordenador cargaba su Sistema Operativo como un rayo y a la primera. No tenía que llegarte ninguna actualización «de la nube», y Google o la Wikipedia era la enciclopedia que tenías en la biblioteca o en el CD.


Muchos están pensando en el IoT («Internet de las cosas») o en Internet incluso en los relojes, cuando otros no tenemos ni Internet. La sociedad de las dos velocidades.

No diremos que dentro de unos años ese tipo de digitales sean un vestigio, pero obviamente sus módulos ya no serán lo que eran, de hecho ya no lo son. Ya no merecerá la pena que el fabricante se esfuerce en añadirle funciones, porque las funciones más complejas las tendrán los smartwatches. No sería extraño, pues, que la mayoría acaben siendo clónicos de los F-91.

¿Dónde quedaremos nosotros? Siendo guardianes quizá de los últimos restos de una tecnología cuya razón de ser y filosofía eran totalmente diferentes. Hecha para aprovechar hasta los mínimos recovecos de memoria, diseñada para unos tiempos sin conexión, y en donde tenías que valerte por ti mismo. Si te perdías, no había un satélite que te guiara sobre tu cabeza (o que te espiara, que también), solo tu ingenio y tu despierta intuición.