¿Qué tiene tu reloj que no tenga tu teléfono móvil?

¿Recuerdas aquéllos tiempos en los que salías a la calle, y el único dispositivo que te acompañaba era tu reloj? Ahora todo eso ha cambiado. Ahora todo el mundo se acompaña de celulares, smartphones, tablets, MP3 o MP5… Prácticamente llevamos la oficina acuestas, y si no trabajamos en una oficina, llevamo miles de asuntos y problemas particulares con nosotros. Nos enteramos de la última factura que nos van a cobrar desde la tablet, y el teléfono móvil hiperconectado nos informa de la última noticia política o del último modelito que se ha puesto la famosa de turno. Del último perfume o electrodoméstico que ha salido. Para todo ello los expertos tienen un nombre: sobreinformación. O saturación de información. Le llegan tantos «relámpagos» y tan diversos a nuestro cerebro, que al final no es capaz de clasificarlos y despreciar lo más vanal. Y le acabamos dando la misma importancia a la laca de uñas de una actriz, que a nuestro vecino que no puede pagar la hipoteca. Los más pequeños y que tienen el cerebro menos desarrollado están sufriendo lo que se define como «una falta de prioridades».

Antes te ponías el reloj, salías a la calle e ipso facto dejabas tus problemas atrás. Si alguien te llamaba por teléfono, tenía que dejar su mensaje en el contestador del fijo. Únicamente tu reloj mantenía ese vínculo entre tus necesidades perentorias (estar a determinada hora en tal sitio, o tener determinado tiempo para ti) y para lo demás te dejaba en paz. No te molestaba. En último extremo podías activarle una alarma para que te recordara (sin acuciarte) estar a una hora en un lugar. Pero nada más. Te acompañaba en tu muñeca y el resto lo vivías a tu aire.

Pero hoy con la mensajería «push» tienes cada email que te envían lanzado a la cara en el mismo momento de salir del servidor. Estás localizable a todas horas, en cualquier sitio y lugar, como si fueras un médico en constante servicio de urgencias. Y eso lo acabamos pagando.

Los psicólogos y profesionales de la salud mental aconsejan cada vez más vivamente la necesidad de «desconectarnos» absolutamente de todo, al menos un día a la semana. Pero hay gente que está tan mal, que tiene ya tal hábito, que materialmente no se ve capaz. Como un drogadicto en síndrome de abstinencia, sufren sudores y se enferman cada vez que tienen que apagar su smartphone. A tal punto llega esa adicción en nuestra sociedad, que multinacionales como Google se vió bligado a implementar en su servicio Gmail una función para que, quien deseara, si la activa le deja al usuario sin correo durante unas horas al día, con el fin de que se relaje un poco. Porque se dio cuenta que muchos trabajadores estaban constantemente atentos a su correo y atosigados por la sobreinformación, y no podían desengancharse ni en sus casas.

Muchas veces quienes dicen: «yo no necesito reloj, ya tengo el móvil», lo único que están haciendo ver es su dependencia a ese tipo de dispositivos. Por supuesto, esas tecnologías nos han traído muchísimas cosas buenas: sabemos más y nos podemos relacionar con muchísima más gente gracias a ellas, pero todo hay que tomarlo sin excesos, en su justa medida.

Por eso, si alguna vez sales de casa y se te ha olvidado tu smartphone o tablet, no te eches a llorar, míralo como una oportunidad de liberación. Mientras lleves tu reloj seguirás teniendo el control del tiempo.

| Redacción: Zona Casio